sábado, 27 de diciembre de 2008

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El mar reverbera al fondo de la lengua de arena mientras los sentidos se me adormecen poco a poco con el cenit del Sol. Entreabro los ojos cansados y miro hacia la delgada y sugerente línea de espuma que promete el ansiado frescor. Me incorporo pesadamente y miro a mi alrededor. Nada se mueve, cuerpos desnudos se arremolinan en torno a la breve sombra que dan las delgadas sombrillas que nos protegen del más que probable cáncer de piel. Para entonces no somos más que una bienavenida manada de humanos leones que se doblan y se acurrucan perezosos y exangües. Me acaricio la desnudez de mi cabeza, recién rapada, y vuelvo a mirar la orilla lejana. Siento la boca sedienta mientras busco desesperadamente la helada nevera azul. El agua transparente corre entonces por mi garganta y se desboca por mi cuello, pecho y vientre, provocando un escalofrio de lo más placentero. Tu mano me sorprende, irreverente, acariciando mi cadera con una serie de leves círculos que se dirigen lascivos hacia mi ingle. Lentamente me dejo caer hacia atrás mezclándome con la orgía de cuerpos que descansan desnudos, sudorosos y bellos a mi alrededor. No puedo verte ni oírte, solo sentir tus dedos, traviesos, que acarician ahora la base de mi polla que, como de costumbre, ya está preciosa y reluciente. Cierro los ojos mientras me abandono a tus silenciosas y escondidas caricias que me hacen emitir levísimos gemidos de placer. Me retuerzo especialmente cuando coges con tu mano todo el volumen de mis huevos y te deleitas en su gravitacional caída. La atmósfera sigue pesada y densa, el calor puede verse ascender desde la arena caliente mientras alguien emite un gruñido y se recuesta del otro lado. Solo se escucha la respiración agitada de nuestros amigos y, a lo lejos, el salado rumor del mar. Entonces te noto reptar hacia mi cuerpo sigilosamente mientras me encorvo sobre uno de mis hombros esperando el acoplamiento de tu cuerpo en el hueco del mío. Solo tocarlo y ya me habla, empapa mis dedos que se mueven muy despacio acariciando el espacio vertical de tu sonrisa. Y me entretengo especialmente en los primeros tres centímetros de la entrada de tu vagina que se abre elástica y excitantemente húmeda. Solo tu respiración delata el ritmo de las caricias que se prolongan, sin tiempo, en el discurrir cansino y monótono de la tarde. Estamos los dos tumbados, de lado, tu espalda en mi pecho, hechos una “s” doble, muy pegados y juntos, tanto que ahora me pides con un leve gesto de tu culo que te meta la polla lentamente, como a ti te gusta, hasta sentirme, duro, completamente dentro. Y entonces te mueves, agitada, el pelo suelto pegado a la nuca por el nuevo sudor, la boca entreabierta y los ojos cerrados. Yo te aprieto un pezón de tu pecho mientras recorro con mi lengua tu cuello. Entonces te susurro al oído que abras los ojos... y allí te encuentras, de frente, con una mirada amiga y cómplice que te devuelve una sonrisa tan bella como tú. Y entonces, te abandonas aún más y gimes deseando que esa perezosa tarde no se acabe nunca...............

viernes, 7 de noviembre de 2008

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Tú y yo en una de esas fiestas tranquilas donde la gente bebe vino y habla de sus vidas, o en un bar en la calle de noche. Te encuentras con un amigo que no conozco. Os metéis en una conversación algo técnica o profunda, lo suficientemente ajena a mí como para que me aburra y me distraiga con la gente que pasa. Tú me abrazas por la espalda, para que sepa que no te has olvidado de mí o para introducirme en la conversación o porque te apetece. Yo miro con mi mejor cara de atención a tu amigo, intentando estar a la altura de la seriedad de su discurso. Cuando casi comienzo a entender de qué va la historia noto tu mano dentro de mis bragas. No miro hacia abajo, ni sonrío, disimulo, espero que la mesa alta que nos separa sea suficiente. Tú me tocas el coño sin inmutarte. Estás completamente atento a la conversación, argumentas de forma inteligente e incluso se te ve apasionado con el tema.Yo me estoy derritiendo y tú lo sabes. Me sorprende mi propia voz; intento hacer pasar un gemido por una interjección que espero venga al hilo de lo que decís.Tú sigues moviendo la mano, los dedos muy adentro. Las piernas me tiemblan y me apoyo en ti fingiendo cansancio. Nadie se da cuenta, y menos tu amigo. Pero lo que más cachonda me pone no es el riesgo de ser vistos, es tu impasibilidad, tu capacidad para desmadejarme mientras haces cualquier otra cosa. Quizá porque tu cuerpo no necesita de tu cerebro para darme placer...
o porque en ese momento disfruto mucho más cediendo completamente el control...

martes, 12 de agosto de 2008





Allí, escondida en las
habitaciones.

Ah, conozco sus gestos antiguos
la belleza de los muebles
el perfume que flota en su
sofá

y su ira
que despedaza algunas
porcelanas.

Husmea las flores encarnadas
las estruja nerviosamente
-esa belleza la provoca-
las rasga las lanza lejos
caen los doseles sobre el
lecho

se pasea febril por las
habitaciones

está desnuda y nada la sacia
abre cajones sin sentido
enciende el fuego en la
chimenea

regaña a las criadas
y al fin temible, con el hocico
temblando,

se echa desnuda en el sofá,
abre las piernas
se palpa los senos de lengua
húmeda

mece las caderas
golpea con las nalgas en el
asiento

ruge, en el espasmo.



La Bacante (Cristina Peri Rossi)